Sunday, November 20, 2011

Una antigua crisis en el Mediterráneo

Las recientes crisis humanitarias causadas por terremotos, volcanes e inundaciones nos recuerdan que habitamos un planeta en constante dinamismo y ciertamente peligroso para la blanda vulnerabilidad del hombre. Sin embargo la Tierra, dura y hostil en la escala temporal de una vida humana, también da muestras de vulnerable blandura en la escala de tiempo geológica.

El registro geológico da fe de un desastre de dimensiones ciclópeas al final de la edad Mesiniense (hace entre 7 y 5,33 millones de años), un “suspiro” antes de la aparición del hombre. El mar Mediterráneo estaba unido al océano Atlántico por dos pasos situados en el sur de la península y el norte de Marruecos, hasta que hace 5,9 millones de años comenzaron a cerrarse y hace 5,6 quedaron sellados de forma definitiva. Probablemente debido a un movimiento tectónico de elevación del fondo de estos pasos a una velocidad “terrible” y constante de unos pocos milímetros por año. ¿Qué pasó además del sano intercambio de migraciones animales entre África y la península? Simplemente el Mediterráneo se secó por la alta evaporación y la falta de aportes del Atlántico, o casi pues probablemente quedaron masas aisladas e hipersalinizadas de agua regadas por los ríos mediterráneos, en lo que dio a llamarse “crisis salina del Mesiniense”.

Esto no acabó ahí como se imaginarán aquellos que hayan remojado sus pies en las solicitadas playas de levante. El Atlántico volvió para recuperar la tierra perdida creando de paso el estrecho de Gibraltar hace 5,33 millones de años. Esto ocurrió de un modo tan catastrófico como difícil de imaginar. El estudio de las incisiones creadas por la corriente de agua entrante ha permitido estimar las dimensiones de la inundación. El 90% del agua del nuevo Mediterráneo entró durante un periodo de tiempo de entre varios meses y dos años, con un flujo inicial de unos 100 millones de metros cúbicos por segundo, y subidas en el nivel del mar de unos diez metros por día.
Un espectáculo para los animales que pudieron presenciarlo, y una buena noticia para la civilización occidental que encontró en el Mare Nostrum la gran bañera infantil que acompañó a su cuna grecorromana

Duggen et al (2003) Nature. 422: 602-606.
García-Castellanos et al (2009) Nature. 462: 778-782.